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Hoy me desperté más tarde, probablemente por el cansancio acumulado y la mala noche que pasé en el avión y en el hotel. Después de ducharme, bajé a desayunar —el desayuno estaba incluido en la tarifa—. Era tipo buffet y resultó mucho mejor que el de ayer: había fruta fresca, diversos panes, huevos y un buen café.

Hoy volvió a recogerme Fernando. Nos dirigimos directamente a las ruinas de Tiwanaku, a aproximadamente hora y media de viaje.

Primera parada  – El Alto

Viajamos en una cómoda furgoneta Toyota, propiedad de Fernando, quien, por cierto, es ingeniero en sistemas. Sin embargo, como su profesión no le brinda suficientes oportunidades para mantenerse, decidió dedicarse al turismo. Bolivia posee un potencial turístico extraordinario, aunque aún se encuentra muy poco desarrollado debido a la limitada infraestructura y a la escasa inversión gubernamental en el sector.

Después de aproximadamente 30 minutos de viaje, llegamos a El Alto, un municipio casi tan grande como La Paz. Muchas personas han migrado allí desde la ciudad, debido a la falta de espacio para viviendas y al elevado costo de los alquileres. El salario mínimo en Bolivia es de alrededor de 280 dólares estadounidenses.

El Alto se encuentra a una mayor altitud que la ciudad de La Paz, con una elevación aproximada de 4.070 metros sobre el nivel del mar. En esta ciudad se ubica el principal aeropuerto que conecta con La Paz.

Foto tomada de https://boliviaticketsfiles.wordpress.com

La ruta es larga, pero he conseguido tomar algunas fotografías del altiplano. A lo largo del camino se pueden ver muchas viviendas en plena construcción. Fernando me contaba que pertenecen a familias de escasos recursos, que van levantando sus casas poco a poco. Él vive en El Alto y trabaja en La Paz, a casi una hora de viaje.

Después de cabecear un par de veces durante el viaje 🙂 (ya saben, ese momento en el que uno se queda dormido en el bus o el coche y la cabeza se va hacia adelante o a un lado), finalmente llegamos a las ruinas. Es impresionante todo lo que aún desconocemos sobre nuestra historia preinca e inca. Personalmente, solo conocía la historia del Ecuador y del Perú, pero con este viaje he descubierto la enorme riqueza cultural y espiritual de nuestros ancestros.

Segunda parada  – Ruinas de Tiwanaku

Lamentablemente, no pude tomar fotografías dentro de los museos, ya que estaba prohibido. Sin embargo, sí capturé imágenes de las ruinas y compartiré también algunas fotos obtenidas de otras fuentes en Internet.

Por tan solo 80 BOB (unos 12 USD) es posible visitar el museo de cerámica y piezas líticas, así como recorrer las ruinas. Fue una experiencia muy agradable; lo que más me sorprendió fue descubrir la existencia de monolitos en Sudamérica, algo completamente nuevo para mí. Me impresionó especialmente su imponente tamaño, como el del Monolito Bennett o el Monolito Pachamama. Este último es el monumento más grande hallado de la cultura Tiahuanaco, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde el año 2000. La escultura mide 7,3 metros de altura y pesa alrededor de 20 toneladas.

Tomada de www.pueblosoriginarios.com

Luego me dirigí hacia las ruinas. Si bien, para quienes ya han visitado Machu Picchu, estas pueden parecer más modestas, cada sitio posee su propio encanto y ofrece una experiencia diferente. La afluencia de turistas extranjeros es notable —en su mayoría estadounidenses y europeos—, aunque también abundan los visitantes brasileños y argentinos. Los guías, por su parte, demuestran un admirable dominio de varios idiomas.

Toda la visita me tomó aproximadamente una hora, incluyendo el recorrido por los dos museos y la caminata entre las ruinas. Era mi segundo día en el lugar y, hasta ese momento, aún no había probado ningún plato típico. Fernando me habló de varias especialidades locales —fricasé, chicharrón de cerdo y silpancho—, y me hizo un par de recomendaciones para elegir mi almuerzo.

Tercera parada  – Silpichs

Eran alrededor de las dos de la tarde, y para mi suerte, a la vuelta de mi hotel se encontraba un restaurante. Me llamó la atención porque estaba algo escondido y no tenía la mejor apariencia; sin embargo, el hambre ya me apremiaba. Era un local de comida rápida, pero con platos típicos de Bolivia, un concepto bastante original y atractivo.

Manos a la obra: pedí un mini Silpichs de pollo. Todo me costó 34 BOB (4,93 USD, con bebida incluida). El plato, como pueden ver, es sorprendentemente grande. Debajo del filete de pollo se encuentra una base de arroz y papas al horno con mantequilla; encima, un huevo frito acompañado de tomate, cebolla y rocoto (un ají ligeramente picante). Si realmente tienen hambre, este es, sin duda, el lugar al que deben acudir. 🙂

El plato pudo más que yo y no logré terminarlo. ¡Imagínense cómo será el tamaño del grande!

Regresé al hotel con el estómago demasiado lleno. Estaba a punto de acostarme para descansar un poco, pero me entró el remordimiento por todo lo que había comido, así que decidí salir a caminar. 🙂

Cuarta parada  – Iglesias y degustación de Singani

Pregunté en el hotel cuál era la ruta hacia las iglesias y, por suerte, se encuentran cerca, así que decidí salir a caminar. La avenida del Prado, situada a solo tres cuadras de mi alojamiento, es una vía muy concurrida, repleta de comercios y con una marcada actividad financiera.

Después de quince minutos de caminata, llegué a la iglesia de San Francisco. Lo que más llama la atención es que se encuentra en una zona de carácter financiero y comercial, aunque también conserva un importante valor histórico y religioso.

Dentro de la iglesia está prohibido tomar fotografías. Su arquitectura es muy similar a la de las iglesias que tenemos en Quito: un estilo barroco con influencias andinas. No estoy del todo seguro de que este tipo de arte exista en Ecuador; le preguntaré a mi hermana hoy.

Justo al lado de la iglesia se encuentra un museo cuya entrada cuesta 20 BOB (aproximadamente 2,90 USD). En su interior se pueden apreciar pinturas coloniales realizadas por autores indígenas anónimos, recorrer el monasterio —donde aún residen frailes franciscanos— y acceder a la parte superior de la iglesia, desde donde se pueden observar sus campanas.

Quinta parada  – Calle de las brujas

Salí del museo y tome la calle adjunta, una vía pequeña muy transitada donde venden todo tipo de recuerdos, artesanías y alpaca, cerca de esta zona está la calle de las brujas que les comenté ayer. Compré un saco de alpaca y un regalo para mi madre.

Caminé unos minutos más y llegué a la Plaza de San Pedro. La iglesia estaba cerrada, así que solo pude tomar algunas fotos del exterior. En una de las calles cercanas venden licores, y quise probar el **Singani**, una bebida típica de Bolivia. 🙁 Para mi mala suerte, solo lo ofrecen los días viernes. Creo que compraré una botella cuando regrese a Ecuador; me han dicho que es muy parecido al pisco, aunque de sabor más suave.

Regresé al hotel cerca de las seis de la tarde. Después de descansar un rato, salí a cenar algo ligero alrededor de las ocho, ya que todavía me sentía lleno del almuerzo. Caminé unas diez cuadras hasta llegar a un parque muy concurrido, rodeado de numerosos puestos y locales de comida. Finalmente, entré a uno especializado en empanadas, pues hacía ya dos días que las salteñas me tentaban.

Por mala suerte, solo las venden por las mañanas 🙁 Así que pedí un api (una bebida tradicional de maíz morado) y una empanada de queso picante. ¡Estaban deliciosas!

De regreso al hotel, debo acostarme temprano: mañana a las 6 a. m. parte mi excursión al Lago Titicaca.

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